El texto como objeto
10/12/2021 Viral

El texto como objeto

por Alejandro Karavokiris

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Sé que existen libros que esperan en los anaqueles de las librerías por años y de las bibliotecas por siglos, y se entregan al tiempo y esperan. Esperan que el creador de ellos “el hombre” los ciña en sus manos y los pase a la categoría temporal de leído. Alguna vez pensé, que si los libros tuviesen alma, si razonaran desde la totalidad de su contenido, tendrían en ese ilusorio mundo, una casuística de quienes los habrían leído, legitimando su rol. Porque no importa cuan pequeño y poderoso sea un grupo que imponga un texto, la calidad y solo ella y, la cantidad de mentes que lo devoren lo hace “célebre”. Y no importa qué genio, talento o inteligencia lo escribió, como define Fernando Pessoa a los atributos que tiene la celebridad: “La celebridad puede ser artificial o natural. Un rey es naturalmente famoso. Nace a la celebridad a través de su reino (…) La celebridad puede ser buena o mala; a este segundo tipo se lo suele llamar notoriedad. Las ideas acerca del bien y el mal es cambiante y llegan incluso a superponerse. Donde unos ven a un mártir, otros ven a un tonto y como en la frase de Proudhon: “después de los tiranos no conozco nada más detestable que los mártires”.
Pensemos en Mozart y en el navío de la celebridad y la notoriedad, ahora, nuestra narrativa popular no diferencia nada. “El mayor príncipe del mundo, junto a Mozart queda reducido a su lugar verdadero, que es lugar común”. Esto lo dice André Comte-Sponville en su libro de Impromptus y continúa: “La música de Bach sólo se parece a Dios, la de Beethoven a la humanidad. ¿Y quién osaría afirmar- aunque fuera el mismo Mozart- que la música de Mozart se le parece?” Hay gente que tan sólo quieren ser eso, ellos mismos y no tienen intenciones de buscar otra ansiedad para transitar. La celebridad la da la misma moneda que otorga la notoriedad, porque una está en el
bolsillo y en el periódico de cada mañana y la otra, en el sueño de cada noche. Es la misma moneda porque nace del mismo laberinto de ideas y conceptos, enjambre de locuras postergadas y de esa red de experiencias que es el hombre. La celebridad es infierno y cielo, ángel o demonio son escuchados e invitados a la misma fiesta por igual en el cerebro. La celebridad es vida y muerte, y lo mejor y más singular, no busca ser célebre. La notoriedad se alimenta de la envidia, es estulta, se maneja con sentimientos superficiales, llanos, es tan insípida que ni el cielo o el infierno quieren entenderse con ella. Pues estos mismos hombres que existen en cada ventana y puerta de las ciudades, son los célebres, los notorios y los que desesperan por ser notorios, porque la celebridad no tiene presente y no se espera ser célebre, se es aunque ni el vecino se de por enterado. Este es el caso de los mártires célebres, implícitos y suicidas que dejaron el mundo terrenal por una idea: Empédocles y el volcán; Diógenes y el pulpo; Leonidas y la flecha persa; Sócrates y la cicuta; Arquímedes y la espada; el Nazareno y su cruz; Giordano Bruno y la hoguera; Abelardo que puso los testículos y tantos otros asesinados, aún en el anonimato, por los notorios que después escribieron libros sobre sus vidas, en la necesidad de tener héroes y mártires para consagrar arquetipos en una sociedad que solo venera a sus muertos y teme a sus vivos. La fama, eso que es contingente con lo absurdo de la notoriedad, lleva lo efímero en la totalidad de su significante. Eugene Ionesco dice “… es estúpido depender de la fama porque es como depender de cadáveres.” Los ingratos que aplauden a estos groseros, se llevan con ellos al silencio eterno sus nombres y ni siquiera una nueva ola de nacida de su riñón los rememora. La celebridad por otro lado: es como el amor, la belleza; la celebridad es nostalgia. No quisiera dejar este párrafo sin recordar el ilustrativo capítulo “Nuestro señor Chichicov” del Gogol de Vladimir Nabocov, en el cual se refiere al tipo de literatura que los rusos denominan con una sola palabra, cuyo significado y significante solo se halla en su lengua: poshlust, que en traducción del propio Nabocov sería: barato, sucio, espurio, cursi, etc. El autor nos previene, que el término va mucho más allá de todas estas posible interpretaciones, excede el formato “grosero, cursi y barato” para transformarse en algo más peligroso, que es lo falsamente bueno, lo carente de estética y fundamento artístico, y, allí está la daga traidora que nos venden a cuotas y alta velocidad. Un poshlust puede destrozar la conciencia de toda una generación y hasta ser la base de una disciplina. Pensemos en el capitán América y en su parodia para liberar a los mundos libres.

¿No es posible que sumergidos en las páginas de “Lord Jim”, fuésemos por un instante como él y sepultásemos nuestra cobardía con un acto noble, que nos redima de algo que corrompe nuestro espíritu, antes de abrir la novela, nuestra propia inmanencia? William Blake nos ayudará con: “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito.” Y ya que nombro a Blake, seguramente todos lo relacionan con Aldous Huxley que en Las
puertas de la percepción dice: “Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuanto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, yo lo sabía, estaba en otro universo”. ¿Maravilloso no? Está expresando que construye imágenes aboliendo el tiempo físico, entra en ese otro espacio, el del sueño realidad o realidad sueño, construye una era mítica al desterrar al tiempo, el hombre tiene derecho a refundarse.
Ahora quisiera referirme al tema del autor, utilizando las palabras de Vladimir Nabokov quien enlaza al creador con el vínculo texto al lector. Dice: “Puesto que el artista maestro ha utilizado su imaginación para crear un libro, es natural y lícito que el consumidor del libro también utilice la suya”. Y aquí nos encontramos con el contenido, y el contenido de un libro no es otra cosa que la biografía y los sueños o fantasmas que circundan a un autor y su lector, lo que aquí y ahora llamamos ficción, es un rayo que atraviesa el tiempo, concluye con la eternidad del hombre y crea constantes cambios en esos otros supuestos de la realidad de los lectores.
Otro señor nos dijo, a la sombra de su enorme y célebre nariz: “Si el cuerpo me cubriera con pequeños cristales, llenándolos del llanto que vertiera un cielo matutino, es natural que me absorbiera el sol con el rocío elevando mi cuerpo en el vacío”. También dice esto: “(…) Batirse por un si o por un no/ o hacer un verso/ Trabajar sin que importe la gloria o la fortuna/ hacer un viaje a la luna/ Triunfar por azar sin que importe el mérito/ rechazar ser la hiedra parásita/ aunque uno no sea roble ni tilo/ No llegar muy alto, quizás…pero solo” Así, los autores en sus relatos comienzan a mostrarnos los aspectos del hombre, sus personajes nos hieren, porque somos nosotros en esas mil vidas, nos acompañan hasta darnos sus rincones más
oscuros en donde alguna vez, con seguridad nos encontraremos. “Las ideas no están hechas para pensar, pero viven” La condición humana. Otro hombre, el capitán Marlow, hace un viaje a través del río Congo en busca de un acopiador de
marfil que se ha entregado a los instintos de la fuerza de la naturaleza y toda la concepción de sociedad occidental, la desestructura hacia lo primitivo. En el corazón de las tinieblas, Joseph Conrad pone estas palabras en la boca de un moribundo Kurtz: “(…) y, recuerde capitán que no hay más vacía y detestable criatura en la naturaleza que un hombre que huye de su demonio. El horror, el horror”. Y recordemos a Ulises atado al mástil de su navío, escuchando el canto de las sirenas, mientras sus compañeros con cera en sus oídos reman y se alejan del arrecife traidor. ¿Cómo evitar la belleza aún en el abismo? “Cualquier hombre puede escapar del canto de las sirenas – dice Kafka -, pero de su silencio no.” El pasado de la posguerra nos dio la gloria del consumismo, la individualidad y la pérdida de las escuelas. La sociedad compró todo, sé autorreguló y se fracturó hasta el odio y el lobo del hombre continuó abriendo gargantas, cortando manos que pintan paredes y quemando símbolos. El hombre de la habitación imaginaria, tal vez nunca se dé cuenta lo que hay en ella, tal vez busque su memoria en un microchip y comulgue su espíritu con la telemática. ¿Por qué no ha de ser bueno? El hombre siempre tiende a superarse, aunque se dirija a la entropía. Pero ¿qué superación es cuando solo un tercio de la población mundial piensa en cambiar la computadora y el resto no sabe si en el siglo XXI podrá comer, entrar a un hospital, viajar en avión o usar el teléfono? La insatisfacción genera violencia y cuando a un pueblo se lo somete al hambre, no es como una sábana que cambia sus formas con el viento, es como el hule, se infla, explota. “Iván Karamazov dice que, más que cualquier otra cosa, la muerte de un niño lo hace querer devolver su billete al universo.” El planeta, también responde con cambios que para él son solo eso y para el hombre son catástrofes. “Dondequiera que brille el sol, /donde sea que caiga la lluvia, – dice Blake- los niños nunca pasan hambre, ni la pobreza espanta a la mente”.  Ahora no comulgamos con la esperanza, el temor es que se pierda el sueño. Solo en dos mundos es posible la vida, en el de la carne o el del espíritu, quedarse en la mitad del camino es angustia de existir, es no amar nuestra muerte.

Descorazonados, no somos más el hombre que piensa, sino el que juega con un teléfono portátil, “el Homo celular” que no levanta la mano, solo el dedo para pedir datos a través de una irrealidad absoluta, este individuo solo confía que ha de ser cierto, lo que se le presenta anodinamente y quizás, luego lo asocie a una mueca, que lo convierte momentáneamente en humano, antes de pasar a otro dato que olvidará con el siguiente. No construye a palma abierta, no visita, no transforma la cosa en objeto de contemplación, cambió los recuerdos por datos efímeros, no participa de la historia, no la puede cambiar porque no entiende su devenir. La estructura de su vida depende de una conexión que transforma en precario e irrelevante, cualquier vestigio de entidad.